A cuarenta años del Watergate, x Jim Rowe, compañero de Woodward y Bernstein en el Washington Post

Posted on June 18, 2012

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Fue la investigación periodística que mayor impacto tuvo en la historia del periodismo estadounidense. Culminó con la renuncia del presidente de ese país. Qué consecuencias positivas tuvo para la profesión y cuál fue el saldo negativo. Cómo se comportaron los diarios competidores a medida que el Post publicaba sus revelaciones. La misteriosa saga de “Garganta Profunda”.

Un 17 de junio, pero de 1962, el diario estadounidense publicó una noticia que comenzaba de este modo: “Cinco hombres, uno de ellos que dice ser un exempleado de la Agencia Central de Inteligencia, fueron arrestados a las 2:30 a.m., ayer, en lo que las autoridades describen como un plan elaborado para colocar micrófonos secretos en las oficinas del Comité Demócrata Nacional”.

Era el puntapié inicial del Watergate, un caso que marcó a fuego al periodismo de investigación y que culminó con la renuncia del presidente de los Estados Unidos y líder del Partido Republicano en ese entonces, Richard Nixon.

El caso fue descubierto por dos jóvenes reporteros de The Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, conducidos por quien fuera el director del matutino, Ben Bradlee. El apoyo que le dio a la investigación la dueña del periódico, Katharine Graham, también quedó en la historia como el comportamiento ideal de un propietario de medios: evitar las presiones políticas o económicas y apoyar a sus periodistas.

Uno de los personajes más famosos del caso fue paradójicamente un anónimo. Fue la fuente principal que tuvieron los periodistas del Post a la que denominaron “Garganta profunda”, nombre tomado de una resonante película pornográfica de la época. La identidad del informante fue uno de los secretos mejor guardados del periodismo.

Recién en 2005 y por el delicado estado de su salud, el ex agente del FBI Mark Felt, que llegó a ser el segundo de la organización, admitió a la revista Vanity Fair haber sido el misterioso “Garganta Profunda”, lo que horas después sería confirmado por Woodward y Bernstein. Felt murió en diciembre de 2008.

En la película “Todos los hombres del presidente”, basada en el Watergate (en la que el actor Dustin Hoffman hace de Woodward y Robert Redford de Bernstein) se le hace decir a “Garganta Profunda” una frase que también pasaría al acervo del periodismo de investigación: “Follow the Money” (“Sigan la ruta del dinero”). Sin embargo, esa frase no habría sido pronunciada.

Por último, y como siempre ocurre, el Watergate también tiene una “leyenda negra” que vincula a Woodward con los servicios de inteligencia de la armada de su país y que además siembra dudas sobre su vínculo con Felt, como lo relata en esta nota el periodista argentino Roberto Bardini.

Diario sobre Diarios (DsD) recuerda hoy aquella investigación periodística. Para ello charló con Jim Rowe, periodista que pasó 35 años en el Washington Post y que vivió de cerca el Watergate. Invitado por el Foro del Periodismo Argentino (FOPEA) para dar charlas sobre periodismo, Rowe accedió a una entrevista con DsD para hablar de aquellos años.

También se consignarán algunas citas del libro de Woodward “El hombre secreto” sobre “Garganta profunda”, no editado aún en nuestro país. Para los jóvenes periodistas que no se interiorizaron lo suficiente sobre el escándalo, al pie de la Zona Dura, se consignan algunos links al respecto.

Un periodista, por varias secciones

Jim Rowe se incorporó al Washington Post en marzo de 1971, “apenas dos meses después que Bob, aunque el se hizo más famoso que yo”. Y se jubiló en junio de 2006. Comenzó en la sección Economía. Desde 1979 hasta 1982 fue corresponsal en Nueva York y luego corresponsal para el exterior en temas económicos (así fue como en los 80 conoció por primera vez nuestro país, en una nota sobre la deuda externa de los países latinoamericanos). A partir de 1987 dejó de escribir para pasar a ser editor de la sección Nacional, cargo en el que estuvo durante 13 años. Y desde el 2000 hasta su desvinculación, editó la publicación del Washington Post, “Sunday edition”.

“Fueron 35 años en el Washington Post. Un gran lugar para trabajar. Si la oferta para el retiro no hubiese sido tan buena, no tengo dudas de que hubiese seguido estando allí ahora mismo”, asegura Rowe.

Afirma que Woodward “es un amigo” y asegura tener todos sus libros en la biblioteca de su casa. De Bernstein, sin embargo, afirma que tiene una relación meramente profesional de compartir años en el diario, pero que nunca logró forjar una amistad como la que tiene con “Bob”, como lo llama. Como muchos periodistas del matutino, tiene cierta admiración por quien fuera su propietaria durante aquellos días turbulentos, Katharine Graham.

“Ella creía en su redacción, confiaba en los periodistas. Estoy seguro de que durante Watergate no tuvo toda la información que requería, simplemente sabía que sus periodistas estaban en el buen camino” considera Rowe. Y agrega: “Ben Bradlee era sumamente cuidadoso y jamás hubiese permitido un desacierto periodístico”. Para Rowe, Bradlee era el único (fuera de los dos periodistas a cargo de la investigación) que conocía la identidad de Garganta Profunda.

El comienzo y la repercusión

Según recuerda Rowe, un día Woodward fue a una audiencia judicial de rutina y volvió con el rumor sobre un episodio extraño ocurrido en el complejo de oficinas Watergate. “Con el correr de las horas, cuando Bernstein se sumó a la indagación, se dieron cuenta de que había una gran historia detrás de esa versión”, afirma Rowe y no duda en advertir que “jamás se pensó que podría llegar hasta dónde luego llegó, obviamente”.

De todas maneras, afirma que “luego de la primera parte de la historia, publicada en las primeras seis semanas, se tuvo plena conciencia de un comportamiento criminal en muy altos estamentos del Estado, como así también del intento de encubrir esas actitudes delictivas”.

Con respecto al comportamiento de los otros medios, Rowe recuerda que “hasta que la investigación pasó al Senado, con más fuentes, la mayoría de los diarios esperaba a ver qué publicaba el Washington Post para luego ampliarlo”. Evoca también que el diario tenía a su vez un servicio pago de noticias y que por aquellos días “muchos diarios de todo el país se suscribieron para recibir la información sobre Watergate que se publicaba en el Post”. Del mismo modo afirma que The New York Times se plegaría mucho más tarde a la cobertura.

Afirma Rowe que desconoce el por qué de la decisión de NYT de no prestar atención a la investigación del Post sino mucho después. Sin embargo, su hipótesis es que nunca consiguieron las fuentes adecuadas. “Cuando uno tiene una historia sobre la que está trabajando durante mucho tiempo, es muy difícil para otro medio superar informativamente al que ya tiene un esquema armado de fuentes, contactos, papeles, expedientes, etc”.

En ese sentido, Woodward relata en el mencionado libro: “Eran los días más oscuros de nuestra cobertura. Nixon había ganado su reelección. Carl y yo habíamos publicado docenas de artículos describiendo el involucramiento y el financiamiento de la Casa Blanca, pero muchos de nuestros colegas en los medios -incluso algunos de nuestros colegas en la redacción- no creían la mayoría de lo que publicamos”.

Noches de chequeo

A Rowe también le vuelven algunas imágenes de noches en la redacción en las que todos los periodistas se retiraban mientras que “Bob and Carl” continuaban haciendo “doble chequeo, triple chequeo, cuádruple chequeo, de los hechos sobre los que iban a escribir”. Afirma que “no recuerdo una investigación hecha tan a conciencia y que haya sido tan exitosa”.

Rowe no recuerda haber pasado situaciones escabrosas a raíz del clima que generó la investigación. “Pasaron muchos años, pero no recuerdo que los periodistas hayamos tenido miedo, o vivido una situación particular. De hecho, el diario debía seguir saliendo con las noticias ajenas al Watergate. En una parte de la investigación, en 1974, yo hacía informes económicos. De todas formas sabíamos que algo grave estaba pasando, aunque no podíamos darle la dimensión que el tiempo le dio”.

La revelación

“Jamás pensé que Mark Felt podría ser Garganta profunda, yo sospechaba de otros dos, pero no de él”, recuerda Rowe y afirma que cuando Vanity Fair publicó la entrevista en la que el ex FBI admitía ser la fuente principal del Watergate, “sentí que era muy bueno que finalmente se sepa quién era”. Pero agrega que “en el Washington Post se había hecho un acuerdo de que no se revelaría la identidad hasta la muerte de la fuente. Quizá a quienes estuvieron en la historia les disgustó que Felt haya reconocido que él fue Garganta Profunda, a otro medio y no al Post”. Quizá por ello, evalúa Rowe, se tardó un par de horas en la confirmación por parte de los periodistas.

Woodward escribió en “El hombre desconocido” que “nosotros identificamos a nuestra fuente como ‘alguien en la rama ejecutiva del gobierno cuya posición es extremadamente sensible’ (…) A Felt le gustaba este juego. Su primer trabajo real para el FBI fue como cazador de espías en la Segunda Guerra Mundial. Le parecía natural utilizar todo ese conocimiento y oficio para entrenar agentes. Sospecho que en su mente yo era su agente”.

En otro pasaje recordó que “lo llamé a Felt y le pregunté si, ahora que ya estaba retirado (del FBI) (….) lo podía identificar en mi libro (Todos los hombres del presidente). Explotó. Absolutamente no. Si estaba loco por haber hecho ese pedido. Fue más allá, sugiriendo en un punto de que no sabía de qué le estaba hablando, por si pudiera estarlo grabando. Felt me hizo sentir avergonzado. Me pregunté cómo pude llegar a hacer ese pedido. El había hecho representaciones ante sus colegas del FBI, del club, a sus amigos y familiares negando que fuera la fuente del Watergate. Su identificación hubiera desafiado su probidad frente a toda la gente importante en su vida”.

Las consecuencias

Consultado sobre las consecuencias que el Watergate tuvo para el periodismo norteamericano, Rowe considera que tuvo “algunas para bien y otras para mal”. Entre las primeras, destaca que los diarios del país dedicaron más plata y recursos humanos al periodismo de investigación y que éste además se sofisticó, incorporando las nuevas tecnologías o el uso de base de datos. Entre las segundas, señala cierta “trivialización de la información” ya que “con cada historia se quiso hacer otro Watergate”. También en este sentido, afirma que se idealizó el periodismo de investigación, “cuando todos sabemos que no es algo agradable, que quizá al final de la historia hay alguna satisfacción, pero que en el medio hay puros problemas, que hacer buen periodismo no es fácil, que hay que lidiar con documentos, con informes, con fuentes no siempre amables, etcétera”.

Y pese a que afirma que el periodismo de investigación siguió su marcha, “nunca más en el periodismo norteamericano una historia tuvo el nivel de impacto, tanto en la política como en la opinión pública que tuvo Watergate”.

En cuanto a las consecuencias negativas, la mirada de Rowe coincide con un texto publicado en 2005 por Jorge Fernández Díaz en La Nación. Al hacer una descripción del periodismo que se ejercía en la década del 90, afirmó que existía la sensación de que “había un Watergate berreta por día”.

Crítica a WikiLeaks

A la hora de evaluar la difusión de información confidencial que distintos diarios hicieron de los cables que les facilitó la organización WikiLeaks, Rowe se muestra crítico. “No es la forma de acceder a la información que a mí me gusta. Se trata en este caso de una persona que se robó una serie de documentos y se los dio a una organización para que los haga públicos”. Para Rowe “es difícil analizar una información cuando se consigue con ese tipo de métodos”.

DsD le señaló que WikiLeaks les cedió los cables a los diarios, pero que luego fue cada medio el que realizó sus investigaciones en base a esa información, no se publicó en forma “cruda” o sin editar. Pero Rowe considera que “no es comparable con Watergate. No me animo aún a decir que eso sea periodismo. Es más, creo que no lo es, hay pagos por información, hay metodologías dudosas para conseguir los cables, no se trata de un periodista o un grupo de periodistas buscando noticias”. Lo que no se explica a la audiencia, dice Rowe, es “por qué hay alguien filtrando información, para quién o quienes trabajan los que hacen la filtración”.

Hay quienes creen que la época dorada del periodismo de investigación terminó. Otros, que WikiLeaks reactualizó el género, aunque desde otra perspectiva. En medio de la revolución tecnológica nada se puede afirmar. El tiempo, una vez más, será el juez inapelable

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